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En
la actualidad, y pese a que
aún no se maneja una fecha
exacta para datar la llegada
de los primeros humanos al
archipiélago, la mayor parte
de los arqueólogos ubican esta llegada
en algún momento del primer milenio
antes de Cristo, posiblemente no anterior
al 600 a.C. Se trataba de sociedades neolíticas de pastores-recolectores
con conocimientos rudimentarios de
la agricultura, que incluían, indudablemente,
el uso del fuego. Dentro del
cortejo de especies animales ligadas a
su cultura que traen consigo de forma voluntaria al archipiélago se
encuentra
al menos dos variedades de cabra, la
oveja, el cerdo negro, además de, al menos,
dos razas de perro, imprescindible
entre pastores, y, probablemente, el
gato. También introdujeron cultivares
como el trigo duro, la cebada vestida,
las habas, las lentejas, las arvejas, la
higuera y probablemente, la palmera
datilera. Pero, además, introdujeron
de forma involuntaria enfermedades,
vectores de enfermedades, parásitos, el
ratón doméstico y semillas de plantas
asociadas a los cultivos.
La superposición de un modelo de
desarrollo económico basado en el pastoreo,
la caza y la recolección sobre una
naturaleza que había evolucionado en
ausencia de grandes herbívoros y carnívoros
durante 20 millones de años
produjo inevitablemente muchos desajustes,
sin duda cuantificables en términos
de extinciones de especies exclusivas,
bien por consumo directo de
ellos o de los depredadores por ellos introducidos,
como algunas especies de
lagartos gigantes, ratas gigantes y aves,
amén de contribuir sin duda al diezmo
de otras especies cuya extinción culminó
tras finalizar la Conquista, como
la foca monje o el ostrero unicolor. En lo
que a la extinción de especies vegetales
respecta, desafortunadamente se
carece en gran medida de evidencias
debido al carácter mucho más esporádico
de su registro fósil. No obstante,
para hacernos una idea clara del impacto
que pudieron suponer para la flora
canaria la presencia de cabras y ovejas
asilvestradas en las islas, basta saber
que hoy en día el muflón y el arruí,
que fueron introducidos en la década
de los setenta del siglo pasado en Tenerife
y La Palma respectivamente consumen
más de 40 especies endémicas,
habiendo extinguido ya una de
ellas, la jarilla de la Caldera de Taburiente.
Que la voracidad de cabras y ovejas
ejercida durantes tres milenios extinguió
en el pasado un número importante
de especies vegetales
caracterizadas precisamente por estar
desprovistas de defensas frente a la herbívora
y por presentar pocas poblaciones
de pequeño tamaño, por la propia
dinámica evolutiva insular, parece
un hecho al margen de cualquier duda
razonable. |
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