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Uno
de los errores más clamorosos del nacionalismo canario, en cualquiera de sus
versiones, es ignorar que en las Islas existe un nacionalismo españolista
radical, casi al borde del inconstitucionalismo, que se agazapa en radios y
televisiones dirigidas desde Madrid, en parte -y digo en parte y no en todo,
para los que ya están pensando en ir al juzgado- de los cuerpos y fuerzas de
seguridad del Estado, en parte de la fiscalía, en parte de la judicatura, de
los columnistas de prensa y de editores de diarios, en parte del
funcionariado estatal destinado en Canarias, en parte de los directivos de
grandes corporaciones peninsulares, bancos, aseguradoras, touroperadores con
intereses aquí, en parte de los claustros universitarios, en parte de los
partidos políticos con sedes centrales en Madrid... Un entramado
perfectamente urdido en contra de cualquier asomo de fuerzas políticas de
exclusivo origen en el Archipiélago.
El nacionalismo canario es menos tolerado por estos nacionalespañolistas que
cualesquiera otros nacionalismos surgidos en territorios pertenecientes al
continuum peninsular, porque aquí esos movimientos ideológicos recuerdan con
sorda amargura la pérdida del viejo imperio español, con las recientes
réplicas africanas de Guinea, Gran Ifni y Sahara Occidental, y las
posibilidades de emancipación son más reales en virtud de las condiciones
geoestratégicas.
En ese sentido, el colonialismo mental que ejercen estos
nacionalespañolistas en el Archipiélago no presenta la fisonomía
acostumbrada en otras latitudes, es más sutil, más inteligente, aunque a
veces se le haya escapado la mano. Se le escapó con Secundino Delgado, a
quien tuvieron casi un año preso en la cárcel Modelo de Madrid sin fórmula
de juicio alguna, lo que le costó su vida, pues ese encierro resquebrajó
fulminantemente su delicada salud; se le escapó la mano con los destierros
de líderes como José Cabrera Díaz, fundador del Partido Nacionalista Canario
en La Habana el 30 de enero de 1924; se le escapó la mano también con
Antonio Cubillo, contra el que ejerció puro y duro terrorismo de Estado,
como reconocieron luego las instancias jurisdiccionales correspondientes[1],
para alivio de la salud democrática; se le fue la mano a la hora de cargarse
a Manuel Bermejo como alcalde de Las Palmas de Gran Canaria mediante un
pacto de la UCD-PSOE de entonces y de otros acompañamientos corales; y se le
va la mano con cualquiera que se le ocurra apostar por una opción
nacionalista para las Islas, recurriendo primero a su desprestigio personal
y profesional, y luego, si hay hueco y cómplices, recurriendo a los
tribunales de justicia (¿?) para rematar un poco la faena.
A lo largo de la historia, ese nacionalismo españolista radical sí ha
intentando burlar la ley cuando lo ha creído conveniente para anular
cualquier asomo de nacionalismo canario, y ese nacionalismo españolista
radical sigue hoy vivo y con mando en plaza.
En eso no caen los nacionalistas canarios actuales. Entre nosotros continúan
los celos tribales, los desencuentros insulares, y todo ello genera
enfrentamientos entre organizaciones que si se pararan a pensar descubrirían
que defienden proyectos similares, aunque en esos proyectos también se
cuelen algunos nacionalespañolistas a hacer el trabajo sucio que tan bien
saben hacer. Ya uno viene de vuelta.
A estas alturas de la historia colectiva de nuestro pueblo y de mi propia
historia personal y profesional, sigo teniendo miedo de esos sectores de
poder fáctico a los que denomino nacionalespañolistas, porque se mueven en
la sombra y golpean a uno cuando menos se lo espera y donde menos se lo
espera. Pero no debemos cesar a la hora de transcribir y de transmitir
nuestras ideas. Eso de la conciencia nacional canaria es algo todavía por
construir y por definir.
Yo sólo espero que ese ubicuo nacionalismo españolista radical entronizado
en nuestras islas sea un poco más respetuoso para los que queremos,
civilizada, pacífica y dignamente, defender el nacionalismo canario en el
que creemos.
Ese nacionalismo españolista radical en Canarias ha tumbado movimientos
nacionalistas emergentes, como fue el caso de Unión del Pueblo Canario en la
legislatura 1979-1983, si no contamos, como ya aludimos, las aventuras
ideológicas, de Secundino Delgado, Guerra Zerpa, José Cabrera Díaz, Gómez
Wangümert, o las aventuras intelectuales de Ossuna van den Heede, en el
Tenerife de principios de siglos XX, cuando en el asta del Ateneo de La
Laguna se colocó por primera vez una bandera autonómica como protesta por el
trato colonial que recibía Canarias en aquel entonces y del que el mismo
Benito Pérez Galdós se hizo eco en carta que conservamos a Fernando León y
Castillo.
Ese nacionalismo españolista radical en Canarias está en estos momentos
desarretado por tumbar de una vez al nacionalismo canario superviviente de
todas sus escabechinas, al nacionalismo canario de Coalición y del PNC. En
los últimos meses, esos nacionalespañolistas han desplegado una estrategia
descomunal, con la activación de los restos del naufragio de Televisión
Española, que ahora sí sirve para lo que sirve, aunque se anunciara la
desaparición de sus sedes canarias por imperativos de reestructuración de la
empresa, con el despliegue de firmas y voces de sus columnistas y de sus
portavoces leales, con la introducción de los consiguientes virus pleitistas
que llegan a inocular hasta a ingenuos nacionalistas de esta tierra y los
hacen jugar papeles repugnantes.
Si quieren que les diga la verdad: no veo ilegítima la existencia de ese
nacionalismo españolista radical en nuestras islas, forma parte de la
historia de este territorio y tendremos que cargar con él, hasta
respetándolo. Pero exigiendo al mismo tiempo igual respeto para todos
aquellos paisanos que quieran vertebrar la vida política de Canarias no a
través de delegaciones de partidos peninsulares en nuestras jurisdicciones,
sino a través de fuerzas políticas nacidas de nuestra voluntad colectiva de
organizarnos por nosotros mismos.
Lo malo es que en esa tarea de organizarnos por nosotros mismos haya tantas
cabezas de ratón no dispuestas a ceder protagonismo a estructuras
superiores. Bien es verdad que esas estructuras superiores son difíciles de
sostener a lo largo del tiempo -le sucedió, como ya dijimos, a Unión del
Pueblo Canario- y puede que vuelva a suceder ahora con Coalición Canaria si
no lo evitamos aquellos que, de verdad, creamos que nuestro pueblo está
maduro para caminar por sus propios pasos, y no con los pasos perdidos de
los que vienen de fuera a impedir que seamos lo que somos y sentimos. La
historia camina despacio, pero camina.
Respeto: señores nacionalespañolistas. Ya está bien de zancadillas. El
pueblo canario es pacífico y los nacionalistas canarios también han
demostrado esa virtud. Trabajen por su lado y dejen trabajar. Ya han
cometido muchos errores y parecen no haber aprendido de ellos. Suerte a los
compañeros y compañeras de Coalición en su IV Congreso y ánimo al resto de
las organizaciones nacionalistas canarias en su trabajo de unificación
organizativa.
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