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El
colonialismo europeo, y más concretamente el británico y francés, tenían
como objetivo prioritario en África (ciñéndonos a ese continente) estimular
las relaciones comerciales entre los países colonizados y la metrópoli,
integrando directamente a las sociedades indígenas en las prácticas
mercantiles europeas. No así España, que desde un esbozo imperialista
desdibujaba y minorizaba su presencia mezclada con problemas religiosos e
implantación de la religión más que el mercantilismo.
El imperio español se veía como un ámbito simbólico desdoblado en una
multiplicidad de espacios que se conectaban con el centro de la corona, que
era el centro único. No se daba opción, y menos representación, en ese
centro a las colonias.
España quiso ser imperio y ser reconocido así por el resto de las potencias
europeas y por ello pensó en África. Había que construir el imperio. Los
intelectuales de la época ponen de manifiesto que así comenzaron los Reyes
Católicos, la política del Cardenal Cisneros o la de Felipe II. Se llegó a
decir o que se dominaba cierta parte de África, y si no fuera así, que
ningún otro país pudiera hacerlo. Todos cantaron a África, desde Alfonso el
Batallador desde la cordillera bética o Carlos V en Túnez, todos se
consideraban herederos naturales de África. Hasta Cánovas en 1851 señala la
frontera natural de España en el Atlas o Magreb y no en el canal estrecho
que junta el Atlántico con el Mediterráneo.
También el de Lugo, Diego García Herrera, Juan Rejón y Pedro Vera se
asomaron a las costas de las islas para no perderlas de vista y que fueran
reconocidas como parte del imperio de una nación, la española, que más tarde
iniciaba su quiebra, que se acentuó en la independencia de los pueblos de
América. España se estaba quedando rezagada de otros países, sobre todo de
Francia e Inglaterra, que dominaban más mares y más tierras.
Y esa nación que estaba enferma, que había finiquitado gran parte de sus
colonias, donde el grito de independencia retumbó desde la cordillera de los
Andes hasta terminar en el castillo del Morro en La Habana, se le intentó
sacar algo de brillo del marasmo de la quiebra nacional por aquellos
escritores-intelectuales, los del 98, que siendo los más llorones y quejicas
fueron incapaces de solucionar los problemas del desastre. Y lo único que se
les ocurrió fue volver sobre sí mismo, sobre Castilla, para reponer un nuevo
nacionalismo español que pudiera sacar la cabeza por todos aquellos mares
que solo guardan en su fondo restos de maderas podridas de galeras hundidas
y de arcabuces florentinos herrumbrientos e inservibles.
Se siguió pensando en África, a pesar de todo. En Marruecos, en Guinea y,
como prolongación de aquel imperio casi finiquitado, quedaban como reducto
de una espiritualidad más que comprometida y con unos intereses ya no
nacionales sino privados. El resto del imperio quedaba en los designios de
unos pocos que, dada la exigua rentabilidad, propiciaron la retirada ante la
avalancha descolonizadora poniendo los pies en polvorosa, no sea fuera
demasiado tarde y costara miles de vidas humanas.
La única salida que se tuvo en aquel momento fue la reconstrucción de la
nación española, que estaba poco más o menos moribunda. Así, desde Unamuno,
pasando por Ganivet hasta Valle Inclán, lo que les movía ante los brotes de
nacionalismo -lo que ellos llamaban regionalismo- que se asentaban sobre
todo por los montes de Euskadi y del Tibidabo, era la exaltación de una
política cultural articulada a la lengua castellana, vinculando de esa
manera estrecha la sociedad rural arcaica y el lenguaje castellano como
métodos esenciales de la unión española.
Sin embargo, las contradicciones de los intelectuales de entonces fueron
evidentes y en casi nada se pusieron de acuerdo, y sus discusiones se
perdieron en la esterilidad de charlas de café o en diatribas en este o
aquel periódico. Dentro del espacio de la política práctica poco hicieron y
bien poco fueron aceptados por los gobiernos de turno. Se quedaron como
meros diletantes y lloriqueadores de una situación donde aún existía
borrachera de poder y ansias imperialistas cuando el horno nacional no
estaba para bollos.
Lo único, y es curioso, que ante este desaguisado histórico es que cuando se
habla de las desavenencias que se tenían en sociedades rurales, como era la
vasca y parte de la catalana, nunca se menciona el problema canario, como si
estuviera ausente de la mente de los intelectuales aquellos, a excepción de
Unamuno, que llevó a Fuerteventura en su ánimo de destierro, no para
exaltarla sino tenerla como tierra rara, impertenecida, escondida,
sospechosa de no se sabe qué.
Las islas fueron entendidas como una factoría en el Atlántico y como
avituallamiento para la conquista de América y siempre atadas a los avatares
españoles pero cuando se constituye en La Laguna la Junta Suprema de
Canarias el 11 de Julio de 1808, motivada por la invasión napoleónica, las
islas sí que se quedaron aparte, alejadas de toda influencia metropolitana y
bien pudieron tomar este o aquel rumbo. Fueron dejadas de la mano del
imperio, que comenzaba a hacerse trizas bajo el mando de José I y navegaban
en solitario en la mar océana.
Pero (la historia hubiera cambiado, seguro) las islas volvieron sobre sí
mismas y desde primigenias desavenencias se acercaron de nuevo a España y en
ella se integraron generosamente para que el rey del que se deseaba su
vuelta del exilio, Fernando VII, las encadenara como al resto de la nación.
Desde una nación que estaba enferma y resquebrajada empezó a emerger dentro
de sí otras naciones, quizás como origen del desastre y la falta de
entendimiento de la historia y del comportamiento voraz de los que desde la
metrópoli se creían dueños y señores del mundo, del de ellos.
Después, ya se sabe, el Estatuto de Bayona, las guerras civiles, las
constituciones, los amagos federalistas, las autonomías y, a partir de ahí,
la incertidumbre.
Y ahora, andando el tiempo y centrando las crónicas del día a día, no es que
España esté decadente, pero sí que ante el concurso de las naciones del
mundo, aunque ostente la presidencia de la Unión Europea, de nada le vale;
tiene dificultades y, además, allí es poco más o menos que un convidado de
piedra.
Dificultades no sólo en el terreno de la competitividad, paro y baja
productividad, sino que tendrá que abordar de manera decidida y tajante
cuestiones que afectan al ordenamiento de su espacio territorial en las
trabas constitucionales que claman por una revisión.
De ahí que o se discute un nuevo modelo de estado o la enfermedad que se
inicio tiempo ha, continuará a peor, si no se le somete al tratamiento
adecuado. Pero entre todos. |
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