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Ya
lo dijimos en otro contexto: la historia de la humanidad es la historia del
lento y a veces dramático nacimiento y madurez de pueblos que durante mucho
tiempo se han mantenido bajo la tutela de otros pueblos ajenos.
La construcción nacional canaria es un objetivo que se han propuesto algunas
fuerzas políticas de las Islas desde las postrimerías del siglo XIX. Entre
esas fuerzas, hay algunas que se mueven con instrumentos jurídico-políticos
reales y posibles y hay otras fuerzas políticas y algunas tribunas públicas
que solo manejan instrumentos especulativos e hipotéticos, aspirando más a
filosofar que a gobernar esta tierra.
El nacionalismo canario posible en estos momentos sufre los embates tanto de
las organizaciones políticas españolas con delegación en el Archipiélago
como de algunas opciones independentistas sobre las que gravitan influencias
tanto argelinas como marroquíes, cuando no gravitan idealismos de otra
índole, que merecen nuestro respeto siempre que no se crean los dueños del
debate al que nos referimos.
En cuanto a las opciones independentistas, lo voy a decir clarito: igual que
Secundino Delgado y sus compañeros recelaron del imperialismo estadounidense
después de ver lo de Cuba en 1898 y aparcaron entonces su proyecto
independentista para Canarias, igual debemos recelar nosotros en estos
momentos de las tesis anexionistas de algunos países del entorno, y no tanto
del entorno, que ansían quedarse con el Archipiélago o influir
hegemónicamente en su vida económica y política.
Por no eludir nuestra postura con respecto a la nueva línea editorial de un
periódico tan influyente como El Día, creemos que lo propugnado desde esa
tribuna no es la consecución de la soberanía de Canarias, sino la ruptura de
Canarias como un solo pueblo en marcha, la vuelta al pleito insular en
versión Timor Oriental y Timor Occidental. Los discursos soberanistas y
pleitistas se anulan mutuamente y promueven la división de siempre pero
ahora alcanforada por los dudosos ecos emancipadores. Dicho esto con todos
los respetos.
¿En la construcción nacional canaria, cuál es la hoja de ruta posible y en
la que todos hemos de trabajar?
Antes de plantearla es necesario saber en qué espacios tendremos que
argumentar y defender nuestras aspiraciones, porque la España y la Europa de
este siglo XXI se parecen muy poco a los sujetos políticos que eran hace
apenas unos decenios. Por otra parte, la Europa post-soviética del Este
alienta una desintegración de naciones que quiérase o no opera de espejo
para la otra Europa unida y organizada en torno a estados más fuertes y
definidos, pero que tampoco han conseguido sacar adelante una Constitución
comunitaria que los haga superar los meros objetivos económicos y
mercantiles de sus orígenes corporativos.
Estamos en un mundo cambiante y la política no se libra de esas mutaciones,
especialmente de las globalizaciones del dinero, la tecnología, el poder
militar, el comercio...
Desde las posturas mantenidas últimamente por las fuerzas nacionalistas
vascas y catalanas, acaso también desde el Bloque Nacionalista Gallego, la
España futura se encamina a una estructura confederal. Quizá ese hecho
histórico y político sea la referencia más a tener en cuenta por los
intereses canarios. En una estructura de esa naturaleza, Canarias tendría
que replantearse todo desde cero, pues no creo que la insolidaridad ya
secular de vascos y catalanes para con otros nacionalismos del actual
territorio estatal español, contemplara ningún proyecto común en el que
pudiéramos integrarnos.
Si por ahí no fueran las cosas, nuestra estrategia debiera ser otra y es la
de arrancarle al Estado español un contrato político, un estatus de
cosoberanía que no exigiría ni la reforma de la actual Constitución, pues el
artículo 150.1 de la actual Carta Magna allana esa posibilidad de
entendimiento y cogobierno entre el Estado y uno de sus territorios
autónomos.
En parte, esa fórmula ha sido la empleada a la hora de redactar el actual
Estatut catalán y la sangre, al menos por ahora, no ha llegado al río. ¿No
es más lógica esa manera de relacionarse el Estado con una de sus partes si
la contemplamos desde un espacio político como Canarias, una vieja colonia
de los Reyes Católicos en medio del Atlántico? Y dicho lo de colonia sin
ningún tipo de complejo, simplemente para dejar como otra salida a la
situación actual el acogernos a un proceso de descolonización tipo Naciones
Unidas.
Los canarios tenemos la obligación de seguir muy de cerca todo el debate
territorial español porque otra vez podemos quedarnos en la grada y ser
excluidos del juego de conveniencias pendiente.
Igual que hoy existe sobre la mesa de la política española una "cuestión
vasca", una "cuestión catalana", una "cuestión gallega" y hasta "andaluza",
no existe una "cuestión canaria".
¿Por culpa de quién? Del nacionalismo canario que no ha sabido organizarse y
por la actitud vasalla de los partidos españoles con delegación en Canarias,
que con respecto a sus mandatos centralistas han sido siempre más papistas
que el Papa, pongamos aquí un solo ejemplo: lo que significan para el
Partido Socialista Obrero Español sus militantes en Cataluña.
Quizá el único documento jurídico-político que nos podría situar con
dignidad y realismo en ese próximo debate de la reestructuración territorial
del Estado español, sea el nuevo Estatuto de Autonomía redactado en la
anterior legislatura y devuelto en su día por las Cortes Generales. Es un
texto donde la aludida vía de la cosoberanía queda más cerca, aunque no se
explicite ese pacto con el Estado con el énfasis que hoy necesitaríamos.
Pero tenemos la obligación de avanzar en el autogobierno, de afianzar ese
autogobierno y de reclamar de nuestros paisanos la voluntad de hacerlo
contando con ellos y no a espaldas de ellos. Y hoy día hay muchos paisanos
que votan a partidos políticos de obediencia española y no canaria y hemos
de respetar esas opciones, pero sin dejar de convencerlos día a día de la
necesidad de trasladar su apoyo a fuerzas nacionalistas canarias que se
ganen su credibilidad.
A nuestro parecer, ése es el itinerario más realista para los próximos años.
Avanzar sin dejar a un lado a las fuerzas políticas españolistas del
Archipiélago, porque ellas también son parte de esa voluntad general de
nuestro pueblo y con ellas tendremos que trabajar durante mucho tiempo.
En esa andadura quizá no resulte fácil la necesaria unidad nacionalista por
la que algunos luchamos, pero al menos cabría un pacto de buena vecindad.
Los discursos nacionalistas canarios debieran evitar la confrontación y
buscar puntos de encuentro, aliviar las diferencias y encontrar las
coincidencias de cada uno de esos proyectos.
Saquemos alguna rentabilidad a la crisis económica, energética, social y
anímica que padecen nuestras islas en estos momentos a base de derribar
algunos muros de incomprensión entre distintas organizaciones políticas que
tienen la obligación de trabajar juntas para lograr objetivos comunes: el
bienestar de los canarios y la libertad y la iniciativa y el derecho de
resolver sus asuntos internos y externos sin tutelas innecesarias.
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