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Hace ya varios años, el conocido profesor Femando Savater escribió un
artículo que ha sido de referencia para el nacionalismo español titulado LA
PRUEBA DEL ALGODÓN. Sucintamente su tesis consistía en que dado que el
nacionalismo vasco defendía al igual que ETA la autodeterminación y que ETA
era una manifestación extrema del nacionalismo, el llamado nacionalismo
democrático no superaba la prueba del algodón, es decir si se frotaba
manchaba con sangre.
Esto supuso un punto de inflexión y un salto cualitativo muy importante en
la forma de atacar al nacionalismo vasco. Hasta entonces sus aspiraciones
eran legítimas si se defendían por vías políticas. A partir de aquí ya se
empezaba a cuestionar la mayor, el nacionalismo vasco era intrínsecamente
ilegítimo aunque estuviese sustentado por una centenaria y ejemplar
trayectoria democrática. De esta forma, y así de sencillo, se retrotraía a
los tiempos de la dictadura, pero dándole una envoltura más pretendidamente
científica.
Un filón así no podía pasar sin ser convenientemente explotado y enseguida
le siguieron otros muchos, destacando en el campo llamemos intelectual el
catedrático navarro Aurelio Arteta. Éste viene repitiendo incansablemente
desde hace ya tiempo lo mismo, expresado de una forma u otra, en un contexto
u otro, con un argumento u otro, pero siempre, con la misma idea medular: el
nacionalismo vasco es ilegítimo, sus ideas y aspiraciones son inmorales y
todo ello unido también con furiosos ataques al euskera como parte
importante de, para él, ese mundo. Quizás haya sido uno de los ideólogos de
su paisano Miguel Sanz en su cruzada contra la presencia del euskera y los
símbolos vascos en Navarra, y nos sirva a los ciudadanos vascos como
advertencia de la que nos puede caer cuando esas ideas se unen al poder.
Poco tiempo pasó sin que estas continuas manifestaciones no diesen su fruto:
el enemigo abatir por tanto ya no era ETA sino también y fundamentalmente el
PNV y EA y, posteriormente, el para ellos pusilánime y filo nacionalista TU.
Así hemos llegado a la situación actual de criminalización del gobierno y
parlamento vasco, siendo habitual en muchos comentaristas y políticos la
repetición machacona, goebbeliana, de que el tripartito ampara, defiende o
es lo mismo que ETA. La falta de cordura y el mal perder por no conseguir
ganar una sola elección, lleva a veces a estos extremos donde todo vale,
aunque no sea cierto, para batir al oponente.
Pero creemos que ha llegado también el tiempo de hacer una reflexión en
sentido inverso, es decir, si el comportamiento del nacionalismo español se
ajusta o no a prácticas democráticas. Entendemos innecesario extendernos en
la legitimidad de las diferentes opciones que se puedan plantear en este
asunto, desde la pertenencia sin reservas a España hasta la completa
independencia, de lo que se trata aquí es de analizar la calidad democrática
de quienes se oponen a las tesis autodeterministas o incluso a un proyecto
de reforma del Estatuto de un cierto calado.
Creemos que en este tema hay que hacer una gran división: por una parte los
que oponiéndose respetan la igualdad y el derecho de todos los ciudadanos a
la hora de defender su proyecto y asumen con normalidad la voluntad de la
mayoría. Es esta una actuación, no hace falta decirlo, democráticamente
irreprochable. Pero existen también aquellos que no sólo se oponen a
cualquier reivindicación nacionalista vasca, lo cual es muy legítimo, sino
que no admiten el ámbito vasco de decisión, lo cual ya es más discutible, y
es que ni tan siquiera admiten la posibilidad de debatir un proyecto en un
parlamento. Por no decir los que confían la unidad de la patria al ejército
o los defensores de la última reforma del Código Penal, castigando con
cárcel, en este caso al lehendakari, si convoca un referéndum.
Esta aberración jurídica y democrática, que ha sido contestada por 150
catedráticos y profesores de Derecho Penal españoles y una parte importante
de la sociedad, ha sido lamentablemente recibida con alborozo, no sólo por
parte del partido que la ha auspiciado, sino por numerosos políticos,
comentaristas y colectivos del estilo del inefable Basta Ya o Plataforma por
la Libertad. ¿Piensan de verdad todos estos radicales nacionalistas
españoles en que les queda alguna legitimidad democrática y de que
superarían limpiamente la prueba del algodón?.
Parece claro que quien no respeta el diálogo, no acepta la voluntad de la
mayoría democráticamente manifestada en las urnas, no consiente que se pueda
debatir en un parlamento y encima envía a la cárcel al adversario, no es un
ejemplo de civilidad ni de comportamiento democrático, sino que se está
deslizando, si no está ya totalmente inmerso o ha estado siempre, en un
inquietante totalitarismo que quizás todavía esté lejos de pronunciar su
última palabra.
Por: Jon Gurutz Olascoaga, Luis Bandrés, José Ignacio Ruiz de Larramendi,
Lamberto Bentto del Valle, Baleren
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