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Si algo hay que agradecerle a la crisis financiera y económica que padecemos
en la actualidad es que ha precipitado una cultura del diálogo entre
adversarios políticos casi irreconciliables. La incertidumbre de los tiempos
económicos derriba muchos dogmatismos apriorísticos y obliga a las
aproximaciones de posturas antes tenidas por antagónicas. Metidos de verdad
en problemas, las ideologías se vuelven más irrelevantes. Preocupan más las
soluciones que el medio de llegar a ellas.
Dicen algunos que si dos personas apuestan sin retranca por un diálogo
sincero y fluido pueden poner en funcionamiento una fuerza intelectual y una
creatividad sorprendentes. No se trata de hablar por hablar, sino de avanzar
en busca de nuevas verdades.
Estos días de tantas cumbres internacionales, volvemos a comprobar la
capacidad civilizadora del diálogo, la vocación de escuchar la opinión del
otro antes de iniciar cualquier tipo de acción común, se trate de enfrentar
los conflictos bélicos de Oriente Medio, de establecer una regulación del
sistema financiero internacional, de gestionar la energía nuclear, de
planificar la lucha antiterrorista o de prepararnos para los que algunos
llaman, con tanta convicción como ingenuidad, el cambio climático y la
alianza de civilizaciones.
Las convocatorias del G-20 en Londres, de la OTAN en Estrasburgo (Francia) y
Kehl (Alemania) y de los Veintisiete de la UE en Praga, para tomar acuerdos
sobre la crisis financiera y Afganistán, son un ejemplo de la preocupación
que cunde en el seno del mundo occidental y de la necesidad de llegar a
consensos ante la gravedad de muchos de los asuntos que hoy inquietan a esa
diversidad de países.
La aparición del presidente Obama en esta constelación de poderes si ha
aportado alguna novedad es la de insuflar optimismo a la agenda de estos
encuentros y la de relajar los rictus de todos sus interlocutores.
No sé en qué asignatura de las cursadas por Obama en la selecta Universidad
de Harvard le enseñaron tanta autoestima y tanta capacidad para entusiasmar
a los demás a la hora de afrontar una empresa común, pero cada vez estoy más
convencido de que este presidente estadounidense le cayó del cielo a su país
y a gran parte del mundo en el peor de los momentos históricos. Su ancha
sonrisa es un salvoconducto para la confianza de todo el que se le acerca.
Hasta cuando Obama tiene iniciativas como la de aumentar en cuatro mil
soldados más los cincuenta mil que ya operan en Afganistán, los pacifistas,
que ayer vociferaban contra George W. Bush cuando tomaba medidas semejantes,
parecen esta vez convencidos de la necesidad de intensificar la presencia
USA en territorio talibán, y hasta de incrementar en un sesenta por ciento
el presupuesto bélico para ese pueblo del corazón de Asia, sin salida al mar
y vecino del sexto país más poblado del planeta y de mayoría musulmana que
es Pakistán.
Según acaba de afirmar sir Lawrence Freedman, vicerrector del King’s College
de Londres, catedrático de Estudios de Guerra, Pakistán es hoy el eslabón
débil del polvorín centroasiático. La lógica que ahora parece acompañar las
decisiones del actual presidente norteamericano es casi la misma lógica con
que ejercía el presidente Bush en los mismos escenarios, pero Obama
dulcifica y atempera todas sus determinaciones y parece convencer a todos
con una serenidad mágica. Insisto en que parece un gobernante caído del
cielo en los momentos más delicados de la historia reciente. En cualquiera
de los casos, tal y como están las cosas no hay más remedio que invocar esa
cultura del diálogo a la que nos hemos referido.
Si nos fijamos bien, en todas las cumbres de esta semana se ha percibido la
necesidad de obtener acuerdos por encima y por debajo de militancias
ideológicas, que van desde el conservadurismo oficial de Ángela Merkel o
Nicolás Sarkozy, hasta el socialismo de Gordon Brown o los poscomunismos de
los países del Este de la Unión Europea o de la actual Rusia.
Partidos políticos que se enfrentan ferozmente en las elecciones internas de
cada uno de estos países, hablan con cordialidad y se entienden sin esfuerzo
alguno cuando se sientan en una mesa como la del G-20, la de la OTAN o la de
la UE. Las férreas ideologías parecen diluirse de pronto y el pragmatismo se
impone a los pudores doctrinales.
España se sienta hoy entre los ocho estados más industrializados del mundo,
los once países de economías más emergentes y la UE como confederación, el
llamado G-20, por una cortesía personal de Nicolás Sarkozy, quien vio en las
últimas elecciones presidenciales galas donde resultó elegido cómo el mismo
Zapatero intervenía en los mítines de su rival, la socialista Ségolène
Royal.
El capitalismo que ahora quiere salvar Sarkozy y Merkel es el mismo que
quieren salvar los socialistas Brown y Zapatero, porque por muchas vueltas
que les demos a las ideologías aparentemente contrapuestas, aquí no hay más
cera que la que arde, pese a que luego esas mismas ideologías se enmascaren
ante sus respectivos y cándidos electorados y finjan unas distancias algo
hipócritas.
Cuando el barco se hunde, la marinería se confunde con el pasaje en su
intento de salvar el pellejo. Y algo así ocurre en estas citas
internacionales de dirigentes políticos, donde la diplomacia suplanta a la
confrontación y a la diferencia, el consenso a la discrepancia y la voluntad
de confluencia a la necesidad de distinguirse. La cultura del diálogo en
todo su esplendor.
No otra cultura está llegando también a la política canaria vía Madrid. Las
intervenciones sucesivas de Ana Oramas y de José Luis Rodríguez Zapatero,
reconociendo la singularidad de nuestras islas frente al resto de las
comunidades del Estado español, en la tribuna de oradores del Congreso de
los diputados, son el ejemplo más diáfano de que las instituciones tienen
que llegar a acuerdos y de que los profesionales de la bronca permanente y
de la injuria contra el adversario político tienen sus días contados en esta
etapa de la historia que nos ha tocado vivir. El Gobierno de Canarias tiene
ahora la obligación de recoger el guante arrojado por Rodríguez Zapatero y
de dedicarse a recuperar el tiempo perdido tras la tormenta López Aguilar.
La destrucción de empleo y de tejido empresarial nos ha colocado a todos en
una nueva situación donde lo que prima es el ciudadano y sus dificultades y
dignidades. No hay mal que por bien no venga en estos tiempos adversos.
El diálogo como un proceso de alumbramiento de soluciones a los problemas
que acosan a muchas sociedades, entre ellas a la nuestra, con esa
singularidad que tanto tiempo le ha costado pronunciar en la Carrera de San
Jerónimo al jefe del Ejecutivo del Estado.
El Parlamento de Canarias tiene que seguir el ejemplo de lo acontecido en
Madrid y empezar a recuperar el sosiego y el entendimiento perdidos en lo
que va de legislatura. Nunca es tarde si la dicha llega (y no "si es
buena"), como decía el amigo Agustín Acosta cuando aún no se había ido de
este mundo. |
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