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Agustín
Espinosa nació en el Puerto de la Cruz, Tenerife, 1897 y murió, a raíz
de una ulcera de estomago, en Los Realejos el 28 de enero 1939, se caso
con Josefa Boissier. Quien, no obstante haber sido uno de los máximos
exponentes de la vertiente surrealista en España y copartícipe de la
ultra famosa Generación del 27, cayó muy pronto en un olvido que se ha
perpetuado hasta la fecha. Las primeras ediciones de sus obras son
prácticamente inconseguibles, las reediciones mínimas y los estudios en
torno a aquéllas más escasos aún. Espinosa se inicia tardía mente en la
escritura de vanguardia, pues hasta el año 1927, cuando da a la luz
Lancelot 28º-7º, libro de corte cubista, se había dedicado de lleno al estudio y a la docencia, tras breves estancias en la Península y
Bucarest.
Cuando logra quedar
como catedrático titular de un instituto en Tenerife, comienza a
dedicarse con más ahínco a la escritura, gracias a su labor como
director de la revista La rosa de los vientos y sobre todo, como
redactor de la Gaceta del arte, lo cual le dará la libertad de auspiciar
diversos eventos en torno a la vanguardia isleña y también para llevar a
cabo aquella sonada visita de los surrealista franceses. Su producción,
no demasiado abundante, incluye el ensayo, la crónica, el artículo, la
poesía y la prosa,
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Salada y blanca.
Desnuda de trapos de colores.
Perfecta de ordenación y de ornamento. Mil y una.
Alumna salinas.
Laberinto de espejos.
Agustín Espinosa
Lancelot, 28º-7º |
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que se ubican desde un estilo modernista tardío hasta
las más innovadoras formas de la llamada nueva literatura. Pero será
Crimen, su pieza maestra, breve texto de tan sólo cincuenta páginas, el
que lo ubica de lleno en la delirante órbita del surrealismo, dentro de
la cual, no es aventurero señalar, es uno de sus máximos exponentes
españoles. Le fue retirada la cátedra por estar vinculado al movimiento
surrealista de Tenerife y por haber escrito un texto tan desgarrador
como Crimen, una novela en la que abundan la sangre y el sexo
transgresor, ciertamente no es de fácil lectura para adolescentes pero
en cambio sí lo es Lancelot.
Para mayor
desgracia el Expediente de Depuración que le abrió el franquismo
privándole de la cátedra fue resuelto en Vitoria reponiéndolo en su
labor. Pero no llegó a ver aquel acontecimiento que le favorecía, ya que
llevaba tres meses muerto
Crimen se editó en forma completa a fines de 1934,
en las
ediciones de la Gaceta del Arte, aunque desde 1930 Espinosa había
publicado varios fragmentos en las páginas de la misma revista. Su
aparición provocó un gran escándalo en la isla, por su tono irreverente,
e incluso fue denunciado al Ministerio de Instrucción Pública y recibió
fuertes ataques de sectores moralistas y religiosos, que lo acusaban de
blasfemo. Aunque las diversas partes que conforman el texto pueden
leerse y comprenderse de forma aislada, esto no significa que Crimen
carezca de coherencia interna, o sea una simple “novela detectivesca
corroída por un fragmentarismo llevado a su expresión límite”1, lo que
lo diferencia de otra de las obras cumbres de la veta surrealista
española, La flor de California, de José María Hinojosa, cuyos poemas en
prosa no se encuentran conectados entre sí. Y es que en Crimen, la
máxima surrealista de fusión de géneros, que condenaba las distinciones,
encuentra su visión más acabada: prosa en la que confluyen la novela, el
cuento, el diario, todo ello pincelado por un lirismo pasmoso que a la
vez hace de cada uno de los cuadros una auténtica pintura del
subconsciente. El texto de Espinosa se encuentra estructurado,
aparentemente, a la manera de una novela común: prólogo, el cuerpo de la obra dividido en cuatro partes que se corresponden con las estaciones
del año, y un epílogo, lo que además implica una perfecta circularidad
al relato: crimen, culpa y expiación. Desde el principio, el narrador
protagonista, con un tono cínico y despectivo para con el lector, al
igual que la voz maldita de Los Cantos de Maldoror, nos arroja sin
contemplaciones el plan de la obra: un hombre (el mismo narrador, que
juega a lo largo de todo el texto con la combinación de tiempos
verbales, cabalgando entre la primera y tercera persona del singular con
hábil desparpajo) casado con “una mujer lo arbitrariamente hermosa para
que, a pesar de su juventud insultante, fuera superior a su juventud su
hermosura”2, harto del infierno que suponía una vida conyugal de
humillaciones y engaños, asesina a su esposa arrojándola por la ventana
de su habitación al paso de un tranvía. El crimen queda impune ante la
vista de todos, remitiéndolo al suicidio, pero el protagonista que vive
en la pesadilla quiere dejar constancia de aquel haciendo esta elegía,
esta novela pasional a María Ana (quien según las notas de Miguel Pérez
Corrales en su tesis doctoral Agustín Espinosa, entre el mito y el
sueño, es el alter ego de un amor de juventud del propio Espinosa).
"Bajo la linterna blanca se abren en el lago mil grifos de sal". Agustín
Espinosa, Lancelot ,28º-7º
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"Bajo la linterna blanca se abren
en el lago mil grifos de sal". Agustín Espinosa, Lancelot ,28º-7º |
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Desde este estrambótico inicio, es evidente que se navega por las
impetuosas corrientes del inconsciente, en una perpetua vigilia, entre
el sueño y la vida, en un mundo que corre paralelo al real donde se
funden no sólo las más fantásticas visiones surrealistas, sino también
los demonios internos que Espinosa intenta exorcizar. Tras el fervor
fetichista que el protagonista siente hacia los ojos de María Ana, la
puerta al laberinto queda abierta: Yo ya sólo vivo para un estuche de
terciopelo blanco, donde guardo dos ojos azules, encontrados por el
guardagujas la menstrua alba de mi crimen, entre los últimos escombros
sanguinolentos de la vía. (27) La sección titulada Primavera se
encuentra dividida en cinco relatos, cuya acción transcurre siempre
durante las horas que anteceden al amanecer o hacia el crepúsculo. La
primera parte, “Luna de miel”, cuyo título está tomado de un fragmento
del libro iniciador de la poesía automática surrealista Los campos
magnéticos (1919) de Soupault y Breton, es donde mejor se
aprecia el
hundimiento en la locura; tras una noche de bodas pasada en las delicias
de una mujer que recuerda a la dama “hipergenital” de Domenchina, el
protagonista despierta al horror: la realidad ha sido el sueño y la
verdadera existencia es la pesadilla de estas horas de vigilia, cuando
se descubre a sí mismo crucificado sobre su cama de matrimonio, con dos
puñales clavándolo a las mantas (era un recurso muy socorrido por lo
surrealistas la obsesión por las armas que laceran el cuerpo), desnudo,
unas delicadas manos blancas clavando sus pies, vulnerable ante el
balcón; junto a esta tortura, la cabeza de María Ana en un pequeño
altar, sangrante e insultante, mientras una fría procesión desfila ante
él, bajo un cielo surcado “por una gran cruz oblonga a cuyo alrededor
volaban varios cuervos silenciosos como siniestro rebaño de ataúdes
alados” (33). Es evidente la plasticidad de esta escena, la cual bien
pudo haberse encerrado en un cuadro de Dalí, donde confluye esa
asociación entre sangre, crueldad y erotismo, heredada de Sade y
Lautréamont y tan cara a los surrealistas. La negación de los valores
tradicionales, que se traduce en la visión blasfema de este nuevo Mesías
crucificado por la pasión y ese gusto por la basura y la suciedad
también están presentes en este horrísono despertar: Tras mi tierna
oración, un ejército de moscas de alas verdes, de caracoles de campo, de
cucara chas, de sapos y de pequeños ratones blancos, comenzaron a subirme
por las piernas hasta cubrirme con sus
inmundicias todo el cuerpo. He
aquí el traje que se me tenía reservado. Bullía en torno a mi cabeza el
hervidero hostil de las moscas... (31)Y dominando todo el escenario, la
voz de María Ana goteando sangre, su cabeza mutilada que eternamente
insultará y despreciará a ese ser pusilánime que la condenó al limbo
(nuevamente está aquí un estadio intermedio). El crimen está
finiquitado, pero la pesadilla es perpetua.“Hazaña de un sombrero”, el
segundo fragmento de Primavera, bien pudiera considerarse desmembrado
del resto de la narración, pero debo insistir en que la continuidad de
Crimen se halla precisamente en que todo ocurre en el sueño, donde nada
es lineal y las cosas más disparatadas guardan entre sí una simbología
palpable. El protagonista aquí es un objeto, un sombrero de caballero,
que es ahora el perpetrador de un asesinato, siguiendo ese otro recurso
tan explotado por el surrealismo: el extrañamiento, es decir, los
objetos se subjetivan, se presentan corporeizados , realizando funciones
humanas: “lo reconocí rápidamente, por su cara de suicida y por una
imperceptible quemadura de cigarro junto al lazo”. El narrador mismo nos
ubica nuevamente en el sueño; pero es un sueño dentro de
la pesadilla:
es fácil intuir que esta andrógina vestimenta mantiene un enorme paralelismo con el protagonista. Nuevamente, la víctima de sus impulsos
delictivos es una mujer, que no se sabe si es una niña o adulta, obesa o
ligera, hermosa o deforme, que se desdibuja entre las sombras de la
noche, pero que, al igual que María Ana, es destruida con un sadismo
cargado de refinamiento. Al amanecer del día siguiente3 era encontrado
en una alameda de las afueras el cadáver de una niña de seis años.
Llevaba puesto un sombrero de hombre, sujeto por un grueso alfiler, que,
perforándole ambos parietales, le atravesaba la masa encefálica (36). El
humor negro que permea muchas de las páginas de Crimen es más que
evidente en “La nochebuena de Fígaro” (homenaje al mordaz escritor
Mariano José de Larra), donde el plato principal de la cena de Navidad
es un cadáver que contamina los blancos manteles dispuestos para la
ocasión, mientras el apesadumbrado comensal sufre, no por lo inverosímil
de la situación, sino porque los cubiertos de plata no son los
suficientemente afilados para acabar pronto con el banquete. En este
fragmento es donde también se utiliza con mayor profusión el recurso
surrealista de la enumeración caótica de objetos, aunque difiero con la
opinión que C. B. Morris expone en su libro El surrealismo y España,
donde afirma que a veces resulta algo recargado y sin conexión. Hay que
remitirnos de nuevo a las visiones del sueño, que es la base de Crimen y
de todo texto propiamente surrealista: en apariencia todo puede ser un
caos sin sentido, pero en realidad guarda correspondencia con todo lo
acaecido. En la siguiente cita, se hace un listado que parece disparatado, pero si lo analizamos más detenidamente, se percibe que
todos los objetos mencionados han formado, o formarán parte de las
acciones y escenarios ilustrados en el texto: Me invadía una ternura que
me llevaba a acariciar todas las cosas: picaportes, barandas de
escaleras, frutas podridas, relojes de oro, excrementos de enfermo,
bombillas eléctricas, sostenes sudorosos, rabos de caballo, axilas
peludas y camisitas sangrientas, pezones, copas de cristal, escarabajos
y azucenas naturalmente húmedas (38).Y esa obsesión táctil se dirige del
mismo modo hacia el protagonista repugnante de esta parte: aquel cuerpo
muerto que se cubre con el abrigo de una María Ana monstruosamente alta
y que representa el trofeo que, como una Salomé moderna, deberá llevar
el “héroe” del discurso a su amada “que esperaba, en tanto,
voluptuosamente, mi retorno imperioso a su casa, portador de la cena
mágica, en la cual habría de ser yo, a la vez, ‘maitre’, matarife y
comensal enamorado” (38). En “¿Era yo un caballo?” el sueño ha seguido
los caminos del masoquismo para evidenciar aún más el desprecio que
María Ana sentía por su marido. Trastocada en la figura de una
veterinaria y el narrador en una estatua de mármol en medio de una plaza
vacía, la mujer sigue prefiriendo las caricias de otros a su presencia:

En 1935, los ojos de todo el mundo estaban puestos sobre
Tenerife. Ese año fue el que acogió la Segunda Exposición
Surrealista, una muestra cultural internacional que reunió
en las estancias del desaparecido Ateneo de Santa Cruz obras
de Picasso, Dalí, Arp, De Chirico, Max Ernst, Magritte,
Espinosa Tanguy y Óscar Domínguez |
primero la de un rudo cochero, y luego, las de un caballo enfermo, al
que tiene la obligación de curar por ser la última voluntad de ese mismo
hombre que muere repentinamente. Una vez más, el sueño se funde dentro
de otro sueño, y las realidades se entroncan con la ilusión: el protagonista es a la vez marido burlado, estatua, caballo, y María Ana,
a pesar de la náusea, está siempre allí: Inútilmente paseé una y otra
vez ante tus ojos mis abstrusos y complicados disfraces de cabra, de
asno, de carnero, de mula, de perro, de vaca... Ni balares de cabra
tuberculosa, ni lamentos de perro con úlcera de estómago, ni aun
quejumbrosos relinchos de mula con dolor de costado. Veterinaria de
cabecera de aquel pobre caballejo indefenso, ya no te habrías de separar
más de él (40). El toque del angelus vespertino cierra de manera muy
lírica el ciclo primaveral. Es a la vez, la parte del texto donde es más
evidente la realidad fundida con una ilusión que trata de enmascarar la
crueldad de laverdad. El protagonista, humillado como tantas veces, es
testigo una vez más de la infidelidad de María Ana con el joven del
“suave bigote oscuro”, y en tanto que la pareja retoza, él se desliza
por las visiones del crepús culo: un extraño pájaro con “la cabeza de un
niño de dos años. Su estatura de casi dos metros. Su pico hócico. Su
cola, como la de un pavo real”, que a la vez resulta ser dos pájaros
iridiscentes, imágenes bizarras que ocultan el dolor, y que a la vez dan
el consuelo de convertir una triste ventana de barrio en un portal hacia
lo maravilloso, o como diría A. Breton, “amada imaginación, lo que más
amo en ti es que jamás perdonas”.La parte que corresponde al Verano es
la más corta (sólo se compone del fragmento “Diario entre dos cruces”),
y a la vez, la más lírica y luminosa, aunque sin olvidar las sombras de
la crueldad y sangre tan propias del surrealismo. Es más bien, un
combinación de la podredumbre con la belleza, o mejor dicho, lo hermoso
encerrado y ahogado en las miasmas de la pesadilla. Nuevamente hay
sadismo, cruentas visiones, armas desollando, “navajas sobre carne viva,
luz espejeada, fuente sórdida sobre desmedrados estanques”, riñas
callejeras que desembocan en nuevos asesinatos, ángeles sensuales
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SALINAS DEL JANUBIO
"Finge una lluvia de estrellas
invertida. Cambia su uniforme Na por el traje Ka o por el
vestido Mg"
Agustín Espinosa
Lancelot, 28º-7º
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extasiando a María Ana, infección extrema, odiosas traiciones,
confluyendo en uno de los pasajes de poesía más intensa de toda la obra
de Espinosa, donde el sueño, lo maravilloso que es siempre bello, a
decir de Breton, envuelve todo:¿Qué sueña el mar estos amaneceres de
agosto para que sea su canto tan tierno, tan sutil su espuma, tan
sonriente su azul, tan melodioso su oleaje? Siguen las alcantarillas
desembocando en sus aguas. Neptuno le ha olvidado ya. Las antiguas
sirenas habitan ahora estrellas distantes. Pero el mar sueña aún no sé
qué deliciosos sueños, pues es tierno su canto y sutil su espuma y
sonriente su azul y melodioso su oleaje. Con el Otoño vuelven a caer
sobre el protagonista las sombras del crepúsculo y el manto invisible de
la muerte va cubriendo todo poco a poco. En la primera parte, titulada
“La mano muerta”, se recrea aquella leyenda de Bécquer donde la mano de
la difunta vilmente engañada por un seductor, vuelve de la tinieblas
para obligar a su amante a contraer nupcias con su propio cadáver. Aquí
se tiene la búsqueda insondable de una mano similar, no la del mutilado
cuerpo de María Ana, sino otra más tangible y a la vez, imposible; mano
que sólo existe en el sueño: Una mano recién mutilada. Aún anillados sus
dedos y rojas aún y
espejeantes sus uñas. Una mano de novia que se ha
querido hace ya mucho tiempo. Una mano que ha olvidado ya la caricia del
guante. La que me cierre un día los ojos que no podrá la muerte
cerrarme.... Siguiendo esa estructura circular que se encuentra en el
texto a pesar de su aparente fragmentarismo, “Retorno” anuncia la
vuelta, no sólo al escenario del crimen, sino también el regreso a la
infancia del protagonista (donde, nuevamente, Pérez Corrales ve más de
una referencia autobiográfica en la descripción de la plaza que remite
al pueblo natal de Espinosa). Allí está de nuevo la estatua de mármol,
la sombrerería, “la vitrina de un alba y la alcoba de un ocaso y el
cuerpo sangrante de la mujer lejana”. Se ha manejado la teoría de que, a
pesar de que en Crimen no hay una sola mención explícita a lugares, ni
nombres ni la menor referencia, debido a ese supuesto sesgo
autobiográfico que se trasluce, los acontecimientos se desarrollan en
Granada, donde el autor pasó su juventud, exceptuando precisamente este
pasaje de “Retorno” y el “Epílogo en la isla de las maldiciones” que se
ubican cerca del mar. Teoría respetable manejada también por Pérez
Corrales, pero que en mi opinión es discutible, ya que considero que no
aporta nada al valor del relato en sí, el cual se sostiene por sí mismo
sin la necesidad de acercarlo a la esfera de las realidades palpables,
tal y como propugnaban los surrealistas. La calle del muerto que agobia
las pesadillas infantiles del narrador, puede estar en cualquier sitio,
en cualquier ciudad, en cualquier rincón perdido del subconsciente
humano. El pasaje “¡No! ¡No!” , matizado por la débil luminosidad de las
frías madrugadas de noviembre, es una vuelta a las lautremonianas
visiones del crimen. Aquella ventana por la que se veía la crucifixión
del narrador y por donde María Ana fue arrojada al abismo, es ahora,
corporeizada su crueldad innata y en un nuevo juego de extrañamiento, la
ambientadora de nuevas muertes.
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"Bajo la
linterna blanca se abren en el lago mil grifos de sal".
Agustín Espinosa, Lancelot ,28º-7º |
Un perro atropellado por una carreta, un cura que decide abrirse las
venas bajo el abrigo de su sombra, el cuerpo destrozado de otra joven
infortunada, todos bajo esa ventana que “ha perdido sus ocasos de mayo,
sus encajes de febrero, sus rosas de agosto, sus encristaladas luces
otoñales”. El remordimiento, la culpa por las atrocidades perpetradas va
invadiendo el alma del protagonista, pero no será la justicia humana
(“no hacen falta relecciones de Poe ni sherlockhólmicas sutilezas”) la
que lo detendrá por siempre. La llegada del invierno lo va encerrando
cada vez más en su dédalo de pesadillas. La sección dedicada al Invierno
está divida en dos pequeños relatos que se conectan directamente entre
sí. El primero de ellos, “Parade” (del francés, desfile, pasar revista),
se ubica temporalmente, al menos en apariencia, años después de acaecida
la muerte de María Ana. El lóbrego asesino ha querido reunir a otros
nueve criminales para comparar la magnificencia de su pecado con el de
ellos. Los objetos más inverosímiles, una vez más, dominados por ese
proceso de extrañamiento qu e ya se había dado con el sombrero y la
ventana asesinos, llega aquí a su máxima expresión. Las víctimas, como
siempre, son niños o jóvenes bellos y frágiles, legado, como se ha
mencionado antes, de Sade y sobre todo de Lautrémont, quien hacía gozar
a Maldoror hasta lo indecible al hundir sus enormes uñas en el suave
pecho de los chicos. Cuatro son los delincuentes que seexhiben en este
primer fragmento: un jazminero que asfixió con su perfume a una
jovencita de 17 años (y donde encontramos nuevas referencias a Bécquer,
“novio de todas las muertas bonitas” y progenitor indiscutible de este
tipo de decesos románticos); una vieja cuna de caoba que taimadamente
aplasta bajo su peso al bebé que dormía en ella; un celoso rayo de
tormenta, que fulmina a un joven y hermoso ingeniero electricista que
pretendía detener su fuerza en los campos; el pecho de un busto femenino
(donde se alude al martirio de Santa Olalla, a quien le fueron
cercenados los senos, y a la conocida escultura de la heroína Mariana
Pineda, inmortalizada por Lorca, en una sugerente fusión) que golpean de
tajo a los gemelos que se masturbaban ante él, y donde nuevamente se
hace gala de ese cáustico humorismo que ya se había hecho notar en el
macabro banquete de Nochebuena:¿os acordáis de la misteriosa
desaparición de los senos de un busto de jardín público ocurrida hace
algunos años en una apacible capital andaluza? El suceso entretuvo
durante varios días los mejores ocios del comentario periodístico. Las
soluciones oscilaron de la venganza política a la broma perversa. Nadie
sospechó ni estableció relaciones entre la doble amputación y un doble
fallecimiento cercano: el de dos niños gemelos, biznietos de las desenada heroína. La constante fusión de géneros literarios hace mella
en “Diario a la sombra de una barca"” donde el protagonista narra su
interrumpido coloquio con los asesinos en forma de memorias; había aun
un caballito de cartón que destrozó al niño que lo jugaba, el guerrero
de un cuadro que mata a su creador, una navaja de afeitar que cercena el
cuello que se le confiaba, un pene de 63 años que ultraja la vida de una
niña de 7 años. El narrador ha huido de sus compinches, de las leyes, de
sus propias visiones, pero su encierro en la misteriosa barca, donde
únicamente es asistido por un extraño marinero noruego (recordemos las
Baladas líricas de Coleridge y Wordsworth), es sólo un paso más en su
destino inmarcesible de las visiones del sueño. El “Epílogo en la isla
de las maldiciones” ci erra de manera magistral este híbrido texto. El
asesino ha escapado de todos sus perseguidores hasta llegar a refugiarse
en una remota isla, donde, a modo de expiación, debe permanecer
perpetuamente con los fantasmas de su crimen y sin tener nunca la
posibilidad de volver a palpar el suave cuerpo que destruyó en un
momento de agobio, sin siquiera tener el consuelo de esos ojos azules
que guardaba en el blanco estuche, ahora perdido. Pero además no ha
escapado de las perversiones de la mente, sigue atrapado en la vigilia,
en la penumbra: “presiento que no se va a acabar nunca este ocaso,
medido como por un gran reloj cuyo péndulo corriera lentamente en cada
oscilación millares de kilómetros”. La María Ana asesinada del principio
se trastoca aquí en suicida, que huye igualmente de las manos que la
persiguen, de aquellos marineros de los puertos del Mediterráneo, y que
el narrador, en un esfuerzo por encontrar la paz, quiere hacer pura.
Pero los dos, una en limbo y otro en la vigilia, permanecerán, de forma
cerrada y circular, vagando por siempre en los terrenos del ensueño. Es
indudable que un examen exhaustivo de Crimen resulta inoperable en unas
cuántas páginas y también que, no obstante la brevedad del texto, merece
un puesto
relevante en los estudios literarios. Lo único que he tratado
de esbozar aquí es la enorme importancia que la obra de Agustín Espinosa
tuvo para el florecimiento de la vertiente surrealista, no sólo en las
islas, sino en toda España, y la agudeza y lirismo que confluyen en su
prosa desquiciante, pero sin llegar a ser una vil copia de las técnicas
francesas, sino una verdadera fusión de la tradición española con las
más creativas técnicas surrealistas, de modo que creó, parangonando el
grito de Pez soluble, un mundo propio que corría de la mano del francés,
lleno de un ensueño andaluz. Ya Bretón lo había dicho: “no será el miedo
a la locura lo que nos obligue a bajar la bandera de la imaginación”.
El 14 de junio de
1932 Agustín Espinosa se casa con Josefina Boissier y pasa su luna de
miel en Tacoronte, allí escribe el Diario de un poeta recién casado cuyo
título definitivo debía haber
sido Diario espectral de un recién casado. El presente volumen recoge
los nueve artículos publicados por este miembro activo de las
vanguardias y del movimiento surrealista en el periódico republicano
tinerfeño Hoy entre agosto y septiembre de 1932;
así como otros cuatro
aparecidos en otras publicaciones.
Fue uno de los firmantes del Manifiesto Surrealista de 1935. Separado de
su cátedra durante la Guerra Civil, retorna a la misma en 1938 en el
Instituto de Santa Cruz de La Palma. |