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Si
no quieres trabajar, camina, bandido, le espetó un mal día su padre, como
un certero augurio que marcaría para siempre sus pasos y los días. Desde
ese momento, el icolaltero Liborio se encaró con los trabajos más
aperreados de su tiempo: cargar cestas de piedras en la sorriba,
trabajar el carbón furtivo, perforar las entrañas de la tierra y vender
lechones como los afamados tratantes de su pueblo realejero. Liborio
López Ramos nació el año 1931 arriba, en Los Pinos Grandes, Icod el
Alto, Los Realejos.
Su nombre, símbolo del guajiro cubano, del hombre pegado a la tierra, es
producto de la aventura indiana de su padre. De la generosa memoria de
su madre aprendió décimas y cantares de la Perla de las Antillas que aún
conserva en la memoria, como la l eyenda del bandolero Manuel García, el
rey de los campos de Cuba. La vida ha sido su gran maestra y de la que
ha extraído lecturas y saberes que la escuela convencional no le aportó,
más que nada, confiesa, porque prefería la calle, donde se curtió. En la
soledad del monte, la soledad de las entrañas de la tierra y la cháchara
para la venta de crías de cochinos despertaron sus habilidades para
buscarse la vida, el sustento del hogar. Venciendo los miedos que, como
un bosque brumoso, acosaban la infancia de los menores. Un mundo mágico
en el que supo transitar, imbuirse y distanciarse.
Hermanos de arreo.
Cuenta este narrador de múltiples oficios y gran sentido del humor que
su padre se llamaba Cipriano López Vargas y su madre Encarnación Ramos
Llanos. Doce hermanos, ocho varones y cuatro hembras. Las hembras
nacieron primero y después vinieron siete varones arreo, uno detrás de
otro; después nació una hembra y después un varón.
Arreo quiere decir que todos los años mi madre tenía uno, apenas se
arrimaba al viejo que era una fiera ahí venía un hijo. Mi padre fue a
Cuba cuando se quemó la caña, cuando la danza de los millones. Estuvo un
año y pico, trajo mil y pico pesetas, doce onzas y medio, en ese
entonces era dinero. Aquí un hombre de peón nunca ganaba ese dinero. Ni
un alcalde. Antes un alcalde no ganaba el sueldo que gana hoy, ni un
concejal, eso era gratis todo. Él se fue porque en su casa eran ocho
varones también. Se fue el más
viejo y estuvo de lotero y allá quedó. Le
pagó el pasaje a mi padre y se fue para allá. Contaba que en ese
entonces Cuba estaba bien. También contaba que un barco que salió de
aquí cargado de paisanos
(Valbanera) se desapareció antes de llegar a la
Habana. Eso contaba él. Cuentos de Cuba yo oía mucho, sobre todo poesía de
Manuel García:
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Si a tu madre
quieres ver
ponte en camino hoy
no tengas cuidado o no
que el asunto está arreglado.
Dinero mucho ha costado
para conseguir tu perdón.
Y a sus amigos les dijo:
a darle un último beso
donde está mi madre voy. |
Lo estaba acechando, lo engatusaron así para matarlo. Decían que era un
bandolero, que herraba el caballo al revés, en vez de ponerle la
herradura para adelante, como se pone, la giraba para atrás, de tal
manera que el caballo caminaba para allí y la huella señala que estaba
para acá. Lo buscaban para un lado y salía por otro. Antes que lo
mataron. La mataron porque lo llevaron engañado a ver a la madre. No
había quien lo cogiera, ni la guardia rural ni nada. Sé muchas poesías
arrimadas a Manuel García. Esas poesías las aprendí de mi madre. Ella
oía un cantar o un rezado y enseguida se lo aprendía. De curas y rezados
sabía demasiado. Cuando un chico se enfermaba y cuando lo llevaba el
médico ya lo había curado con tazas de agua, hierbas y eso. Cuando vino
se casó con mi madre que había sido criado por un tío suyo que le decían
Antonio Ravelo. Mi abuela había muerto y mi abuelo le entregó a la niña
de tres años a su tío para que la criara. La trajo para estas tierras y
después cuando tenía seis añitos volvió para quitarle a la
chiquilla. El tío Antonio Ravelo González era un hombre sano y fuerte.
Un cacho de hombre. Cogió al padre de mi madre por la camisa y lo
levantó del suelo. Antes no se decía "coño" sino "puñales". "¡Puñales,
como tú me lleves a la chica te mato!" Le despegó los pies del suelo y
lo mantuvo en el aire. Ese cuento me echaba él mucho después porque era
como nuestro abuelo. Yo lo llamaba abuelo pero realmente era tío de mi
madre. Era el padre nuestro. Fue el padre de todos. Todos los hijos que
hizo mi padre los crió él y la viejita, Leonor Hernández de León. Le dio
a la chiquilla y después de se la quiso volver a quitar y ahí fue donde
se llenó de genio.
La escuela fantasma.
De ocho años yo fui a una escuela que había en Icod el Alto. El maestro
se llamaba Pedro Velásquez. Todavía es vivo. Cuando lo veo por el
Realejo le digo:
– ¡Adiós, don Pedro! ¿Ya no me jala por las orejas?
Mi padre me mandó a la escuela porque yo estaba buscando hierba para las
vacas y le decía a mi padre:
– Usted me va a dejar burro aquí y no me manda aprender ni a poner mi
nombre. Todos los chicos están yendo a la escuela y yo cogiendo hierbas.
Los de mi casa poco estudiaron. Aprendimos unos con los otros a firmar y
esas cosas. Mi padre se picó y fue y me apuntó a la escuela. Tenía que
ir el padre. Una semana fui. No aprendí sino la i y la u. El maestro me
decía "tienes que estudiarte este cuadrito y cuando yo venga quiero que
te lo tengas estudiado". Lo que era a le decía que era i. Lo que era i
le decía que era a. No sabía. Me echó manos a la oreja y me la desp egó.
Miré para él y me dije "tú no me vuelves a ver más aquí dentro". Y no
fui más. Yo no le dije nada a mi padre porque si no me caldeaba. Claro,
la culpa la tuve yo. Una, no respeté lo que mi padre me dijo, y otra,
que quería jugar a los trompos. Cuando mi padre se enteró me dijo que
para estar así mejor era que me fuera a arrancar hierba. Me quitó de la
escuela y así salí burro. Las madres cuando se cabreaban decían: "¡este
demonio de muchacho me tiene condenada!"
Cirilo Leal Mújica - 04-10-2009 |