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Lucrecia Rodríguez Quintero nace en agosto de 1932 en el municipio de Los
Realejos. En Icod el Alto ve su primera luz y allí ha pasado toda su
vida: “Trabajé la dura infancia que me tocó vivir, crié a mis hijos y
hoy disfruto haciendo todo aquello que de pequeña no pude hacer”.
Risco Blanco
No duda un ápice Lucrecia al afirmarnos que “antes había hambre y
miseria, pero se vivía con mucho más cariño y amor que hoy”. Con estas
palabras se refiere esta realejera al crecimiento que ha vivido el
pueblo que la ha acompañado en su vivir. “El pueblo ha crecido mucho y
cada vez hay más gente, pero es cierto que se conocen menos entre sí”,
apunta Lucrecia. “Ha cambiado todo, hasta las personas”.
Y con el rescate de sus recuerdos, nos pasea nuestra protagonista por
los caminos que unían Icod el Alto con el centro del municipio
realejero. Aunque asegura que “bajábamos al médico y poco más”, Lucrecia
comenta que “no existía la carretera actual, teníamos que bajar
caminando por Risco Blanco y con el niño en los brazos”. Así nos
recuerda nuestra fuente oral las visitas a don Joaquín el médico y al
practicante don Ramón. “Cuando alguien se ponía muy grave, ellos venían
hasta el pueblo en su caballo o yegua”, añade.
Así, Lucrecia continúa en su ejercicio de rememorar el ayer de Icod el
Alto y se acuerda de las muchas mujeres que se reunían en los barrancos
de Castro y Madre del Agua para lavar la ropa. “Muchas veces se montaban
trifulcas porque unas llegaban con la ropa sucia y la tiraban encima de
la ropa limpia de las otras”, nos señala. “Pero había tres tanquillas,
la última era para torcer la ropa ya lavada, y llegaban otras con los
trapos sucios y los tiraban encima”.
“Descalza, con frío y hambre”
Retrocede nuestra fuente oral en su memoria para recodar la dura
infancia que le tocó vivir a su generación. Desde muy pequeña tuvo que
emplearse Lucrecia en las tareas de casa, “ayudando en lo que me
pedían”. Nos explica esta realejera que no pudo acudir a la escuela,
pues con apenas doce años centró su vida en el oficio del monte.
“Descalza, con frío, viento, escarcha, agua, hambre…”, describe así,
Lucrecia, la sacrificada labor vivida en las cumbres del norte
tinerfeño. “Pasábamos de todo en esos montes y, muchas veces, íbamos
descalzas”. Recuerda nuestra protagonista que se pasaban el día
trabajando en el monte, iniciando la ruta de ida en plena madrugada.
“Nos levantábamos a las cinco de la mañana y hasta las seis o siete de
la tarde no volvíamos a casa”, aclara Lucrecia, quien explica qué hacían
con la leña y pinocha recolectada diariamente: “Lo que se recogía era
para casa, también para venderlo por cuatro perras, no daban mucho, pero
con eso había que tirar”.
Más de treinta años empleada en los montes tinerfeños ha transcurrido
Lucrecia, quien no abandonó las faenas ni “cuando estaba embarazada, con
la barriga y todo subía y bajaba”. Se casa a sus 22 años y formó una
familia con cinco hijos, teniendo que doblar sus esfuerzos para poder
atender la casa y el trabajo diario en las cumbres. “No eran tiempos
fáciles, se pasaba los días con hambre, penas y mucho trabajo. Gracias a
Dios logramos que los niños salieran adelante”.
Precisamente, junto a sus cinco hijos pasa hoy sus días Lucrecia, quien
aclara que todos han hecho su vida en el Icod el Alto, ese pueblo
realejero donde ella también ha desarrollado su vida. “Hoy estoy
viviendo la juventud que nunca tuve, disfrutando de las actividades de
la asociación, cantando, pintando… y viviendo”, con estas palabras se
despide Lucrecia. Nosotros volveremos el próximo lunes al ayer de Los
Realejos. DOCUMENTACIÓN: ITAMAR BARRETO. FUENTE: ANSINA. domingo.jorge@canaryinfoweb.com
“Nos despertaban los gallos”
Lucrecia Rodríguez ha dedicado casi media vida al duro trabajo en los
montes de nuestra isla. Un oficio que requiere despertarse muy temprano
para evitar que les anochezca en las cumbres. No obstante, en aquel
entonces hablar de despertador era algo muy próximo a la utopía. “No
había reloj, ni televisión, ni radio que nos avisara de la hora. Nos
guiábamos por las estrellas, el sol, la luna o los gallos. Ésos eran
nuestros despertadores para ir al monte”.
Lucrecia Rodríguez (1932) pasó más de 30 años trabajando en los montes
de Icod el Alto. FOTO: ÓSKAR GONZÁLEZ/CANARYINFOWEB
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