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Nació
en Icod el Alto, Los Realejos, en el año 1917. Trabajó en las labores
del campo, en la extracción de azufre en las Cañadas del Teide y su
venta ambulante a través de la cumbre; también desempeñó el oficio de
cochinero y conoció la experiencia de la emigración. Por encima de sus
cualidades destaca su profundo, sincero y modesto reconocimiento a todas
las personas de todos los pueblos de la isla...
... que acogieron desinteresadamente a él y a cuantos icolalteros se
dedicaron a los menesteres de la compra y venta de lechones, así como a
los que acogieron en sus modestas casas a cuantas mujeres, vendedores de
balayos o de frutos de la tierra, se veían, igualmente, obligadas a
caminar los senderos y rutas de pastores, cabreros y marchantes, de un
lado a otro de la isla, de norte a sur.
En el trasiego de la realización de una serie documental sobre las
vivencias de los icolalteros –la compañía teatral de rescate de
tradiciones Medio Almud ejerce de
eficaz anfitrión–, encontramos en testimonio de Alejandro Llanos
Domínguez. El barrio celebra la fiesta grande en honor de la Virgen del
Buen Viaje, conocida popularmente como la Segunda Candelaria, en la que
fe religiosa da paso a la evocación de las afluencias de visitantes de
todos los pueblos de la isla a través de la cumbre o las vueltas de
Tigaiga.
El trabajo del azufre.
Quedan muy pocos testimonios de la quinta del icolaltero Alejandro
Llanos Domínguez, especialmente de personas como él que muestren con
tanto entusiasmo la gratitud que siente hacia aquellos lugareños, del
norte y sur de la isla, que le brindaron su amparo en las noches y los
tiempos amargos de la venta ambulante.
Salíamos de mi casa, de aquí, de Icod el Alto, a eso de las once de la
noche. De las diez a las once, a veces más temprano. Subíamos por esos
caminos hasta el Teide. Si uno se caía de una bestia se mataba, los
caminos eran puras piedras. Calentábamos un fueguito cuando hacía frío.
Amarrábamos las bestias donde empezaba la arena y subíamos pa´rriba,
para el pico del Teide. El azufre estaba en cuevas. Picábamos dentro de
las cuevas para sacar las piedras. Las piedras de azufre las metíamos en
sacos y a hombros y arrastro los bajábamos por la arena pa´bajo donde
estaban las bestias. Cuando veíamos que las bestias no podían
con más,
cogíamos rumbo y bajábamos al pueblo. Llegábamos a la tardecita. Al otro
día por la mañana íbamos a la Cruz Santa al molino. Molíamos las piedras
de azufre y pagábamos lo que nos cobraban y después íbamos a vender. El
azufre molido lo íbamos a vender por todo ese sur. Solíamos ir en
compaña de dos. Algunos iban solos. Salíamos de aquí y nos pasábamos
toda la noche caminando por la cumbre para llegar al sur. Para llegar
allá por la mañana. Se vendía en dos o tres días, según la venta que
tuviéramos. Eso era la cosa. El azufre se usaba para azufrar la viña.
Parece que en ese tiempo no entraba azufre de fuera. Eso parece. Para la
viña, para los tomates, para todo lo que hiciera falta. Y total, no
ganábamos ni pa comer: ese negocio no daba. Me dedicaba al azufre porque
no tenía otro trabajo, en ese tiempo no había donde trabajar. Teníamos
que buscar la comida por donde fuera.
Iniciación en el oficio.
Retornan los recuerdos cargados de nostalgia y lágrimas. El anciano
patriarca de Icod el Alto no puede evitar la emoción de verse en el
tiempo de su juventud, en la lucha por la supervivencia de los
difíciles, incluso antes de que los hermanos de este país se alzaran en
armas contra sí mismos.
Nadie me enseñó el oficio del azufre. Vi a uno que iba pa'rriba a traer
azufre y fui con él. Como no entraba azufre, unos descubrieron ese
negocio ahí. Fui porque lo vía a él y a otros y a otros. De Icod el Alto
iba mucha gente a buscar azufre. Subíamos a ganar la vida. Había m ucha
gente en ese oficio. También había gente de aquí que iba a buscar hielo.
Nosotros íbamos al azufre y ellos al hielo. Había una cueva de hielo,
como un tanque, y sacaban las piedras en barquetas y las cargaban en las
bestias y las iban a vender al Puerto. Habían muchos de esos también. Yo
lo más que trabajé fue el azufre. Cómo no, claro que sí, claro que había
compañerismo. En esa época no se peleaba nadie. No le digo que
bebiéndose un vaso de vino tuvieran unas palabras, no le digo que no,
pero la gente era tranquila. En el almuerzo, si uno tenía le daba al
otro. (Llora) Nos quedábamos a dormir en el suelo. Si usted tenía un
amigo, le daba un pajero donde quedarse y si no al raso, con una manta y
un abrigo. Veces llovía y uno amanecía mojado. Cuando conseguí trabajo
de peón, me dejé de ir al azufre. No fui más.
El arte del cochinero.
El icolaltero no se ha parado quieto a la hora de buscarse la vida. La
mujer en la casa, en las labores del campo, la cría de pavos o el calado
para su venta en Gran Canaria. Los hombres se especializaron en el arte
de la extracción del azufre, las piedras de nieve en la Cueva del Hielo
para su venta en los hoteles de Puerto de la Cruz, así como en el oficio
de la venta de lechones. El cochinero ya cuenta con una escultura –obra
del polifacético Francisco Palmero– que le rinde el homenaje de la
eternidad. Alejandro Llanos Domínguez también desempeñó este oficio.
Yo también fui cochinero. Estuve muchos años vendiendo cochinos. Los
cochinos se los compraba yo al que los criaba. Cuando los lechones
tenían mes y medio, dos meses, les compraba diez o doce y los cargaba en
la bestia. Me andaba el mundo. Caminaba por todos los pueblos y por esos
montes. Llevábamos los lechones en raposas y los caminos eran tan
estrechos que las teníamos que bajar porque tropezábamos en los riscos.
Poníamos las raposas más allá y pasábamos la bestia y las volvíamos a
cargar otra vez. Casi todos los caminos eran veredas de cabras. Andaba
Taganana, San Andrés, La Laguna, todos esos riscos me los andaba yo.
También me andaba el sur. Había que meterse por donde se podía. Por toda
la isla. No hay un pueblo en la isla que yo no haya estado. Darle vuelta
a la isla y llegar a vender el último cochino en Santa Úrsula. Yo me
andaba la isla en redondo. Cuando iba al sur se tardaba según la venta.
Veces tres días, veces cuatro, hasta ocho días me llegué a estar. Según
la suerte.
Cirilo Leal Mújica - 24-12-2008 |