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En el barrio de El Toscal
Longuera. Clemencia González
García, Toscalera de pura estirpe y una fiel testigo de la emigración.
Clemencia nació el 11 de julio de 1948. Sus estudios se reducen a dos
libros: “Antes se estudiaba nada más que el primer y segundo libro. No
había sino dos libros. Los estudié aquí en El Toscal, en una escuela que
había. Todos los días venía una maestra a darnos clase, doña Manolita se
llamaba”. Esta realejera, Clemencia, por desgracia, nunca tuvo juventud,
se pasaba el día ayudando a su madre en casa o calando. Pero los
domingos se convertían en su día de descaso “a Dios, gracias”, como nos
apunta ella. “Los padres de antes eran muy regios y no íbamos a bailes”,
explica. “Yo para divertirme en esta calle, me ponía a la orilla del
camino a ver pasar cualquier coche o alguna guagua. Esta calle era una
finca llena de tomates y cebollas. Pero sólo los domingos porque entre
semana tenía que estar en casa”. No guarda relación alguna nada el tipo
de diversión de aquellos días con la que Los Realejos ofrece hoy a los
jóvenes.
A La Guaira
A los 15 años la madre de Clemencia fallece y les llega la obligación
imperiosa de emigrar hacia Venezuela. “Me quedé sin madre. Tenía 15
años. Me casé por poderes a los 16 años y a los 17 me fui a Venezuela.
Fui en barco, en El Begoña. Volví en ese mismo barco también. El barco
salía de Santa Cruz y llegaba a La Guaira”. Clemencia cuando atraca en
La Guaria se encuentra con tres hermanos que no conocía –hecho habitual
en la Canarias de la emigración- y “a mi marido esperando y desde que
llegué nos fuimos a vivir al interior de Venezuela. Allá tuve a mis dos
primeros hijos. A los cuatro años regresé y mi vida la he hecho aquí”,
nos resume. Mientras ella se quedaba en casa su marido trabajaba y se
vino a Tenerife con una gran fortuna: “Mis dos hijos y 300.000 pesetas”,
nos dice orgullosa.
El Mercado del Puerto
Lo primero que hizo el marido de Clemencia al llegar a Tenerife fue
sacarse el carné de conducir y comprarse una furgoneta. Sin embargo,
Clemencia puso “una caseta de madera con cuatro tablas mal puestas en el
mercado viejo de antes en el Puerto de la Cruz y ahí empecé a trabajar
para poder criar a mis hijos y salir adelante”, nos asegura con cierto
tono de tristeza. “Íbamos a la calle de El Humo en Santa Cruz. Allí
estaba el mercado, la Recova, donde la gente iba a comprar al por mayor
y los minoristas comprábamos. Nos levantábamos de madrugada para ir a
comprar. Al volver, descargábamos el furgón, cogía a los niños chiquitos
y los metíamos dentro. Uno se criaba debajo del mostrador, mientras el
otro esperaba a la guagua para ir al colegio. Hasta que poco a poco
todos fueron creciendo”, dice apenada por el recuerdo de la dureza de
aquellos días.
Así y todo, los tiempos del “Tenerife de ayer” y los del día de hoy se
igualan en algo y eso es en la carestía de la vida. Sí, Clemencia da
nuevamente un paso atrás en el tiempo, antes de dejarnos, y se echa las
manos a la cabeza, sobre todo por los precios de las cosas de antes y
“las de ahora que vuelve a estar todo muy caro”, afirma. “Antes, cuando
las naranjas estaban muy caras costaban cuatro pesetas y ahora vuelven a
ser de oro pero en euros”, comenta.
Clemencia pasó aquellos años trabajando y criando a sus hijos, “hoy lo
que hago es disfrutar de mis nietos gracias a Dios”. Así, Clemencia se
despide y nosotros regresaremos el próximo lunes con “Tenerife de ayer”
nuevamente a Los Realejos. DOCUMENTACIÓN: ITAMAR BARRETO. FUENTE:
ANSINA.
La “mal de fondo”
Clemencia vivió muchas “mal de fondo” en el Puerto de la Cruz. Fueron
días y días aquellos donde la rapidez la salvaba del desastre. “En el
mercado, cuando llovía o cuando estaba el mar malo tenías que salir
corriendo de la caseta. Venían las olas del mar, la mal de fondo, y
cogías la pesa y la caja del dinero y salías corriendo, porque si no el
mar se lo llevaba todo”. ¡Qué tiempos aquellos!
Clemencia González sigue mirando hacia el “Tenerife de ayer” desde Los
Realejos. FOTO: ÓSKAR GONZÁLEZ/CANARYINFOWEB |