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Carmen nació en Los
Realejos en 1911, a sus 97 años conservaba junto a una prodigiosa
memoria, un espléndido sentido del humor y unas enormes ganas de vivir
dentro de su ya ajado cuerpo. En las horas que compartí con ella
charlando me contó como su vida se vio determinada cuando con 16 años
sus padres decidieron casarla con un hombre 12 años mayor que ella, que
había regresado de Cuba y cuya mayor riqueza era poseer un mulo: “… y yo
me di go por qué me casaron tan luego, pero qué madres tan bobas, (…)
porque una niña de 16 años que puede hacer con un hombre y una casa…”, a
raíz de esto tuvo dos hijos, de los que sólo le sobrevivió uno, y cuatro
hijas, a los 21 años ya tenía a todos sus hijos. Tras la pérdida del
mayor cuando todavía era un bebé, Carmen reacciona ante la enfermedad de
la segunda con una determinación admirable, ante la negativa del médico
a que le diera de comer; ella cuando su hija le pide comida le va dando
a escondidas y la niña se fue mejorando, entonces se planta ante el
médico: “… Mire le he dado esto y esto, se me queda el médico mirando y
me dice: «¿Qué está usted hablando?» Lo que le digo, si se me moría se
moría, pero yo ya no podía más verla así, el desespero tanto que
tenía…”. Esto supuso un acto de total rebeldía y osadía para ella, ya
que Carmen jamás había cuestionado a ninguna autoridad, puesto que como
relataba fue criada en unos tiempos en que las mujeres poco podían
d ecidir por ellas mismas: “… Los padres no nos dejaban salir, sí nos
dejaban por una fiesta con el día en la casa, si no había que
encerrarlas. Eso los padres antes estaban mirando con quién hablabas,
eso te tenían sujeta, muchacha, que no podías ni resollar, antes era
otra vida…” Sobre el papel de las mujeres en su medio social destacaba
la violencia continúa con que eran tratadas, ella se sentía afortunada
porque su marido siempre la trató con respeto: “… Vale mucho uno tener
tranquilidad sea casada, sea como sea, mi niña, antes los hombres le
metían leña a las mujeres, se llegaban con un vaso de vino y le zumbaban
(…) ¡Ay, bien pasaban las pobres! Ya por eso las mujeres no aguantan
nada a los hombres, no lo pueden aguantar, (…) ya los esclavos se
acabaron…”.
Antes de casarse, su vida trascurría entre las paredes de su casa, ya
que su madre salía todos los días a trabajar porque su padre emigraba
periódicamente a Cuba, así relataba el momento en que tras casarse se
vio obligada a salir a trabajar: “… ¡Ay, Dios mío!, quién va a trabajar
por fuera, que yo no estaba acostumbrada a que me vean trabajando, ¡mira
me daba vergüenza! Porque yo estaba en mi casa siempre, porque era mi
madre quién salía (…) Pues empecé a trabajar por fuera, ganaba tres
pesetas, todo el día amarrando viña, pues iba para esos Palo Blanco
hasta el Realejo Viejo, hasta el Guirre. ¡Tres pesetas!, pero aquello
era un mundo porque con aquellas tres pesetas ya uno iba vigoneando la
cosa a mejor, mas que sea pa´comer…”.
R elata Carmen, como gracias a sus vecinas va venciendo las trabas de la
cotidianeidad y en tiempos del levantamiento militar franquista, ya
Carmen había logrado montar un ventucho en su barrio, que mantenía ella
sola en los momentos más duros de la posguerra: “… me iba bien en el
ventuchito, vendía bien, y yo le compraba a Don Casiano…” hasta que por
rencillas de su marido con el alcalde por asuntos de negocios, le
retiran las cartillas de racionamiento que tenía para buscar provisiones
en Santa Cruz, esto unido a los continuos robos que sufre hizo que se
endeudara con Don Casiano, “… las raciones, no nos daban sino aquella
cagada que no te daba, una vez y para siete personas y sin tener nada,
las pasamos bien putas(…) y no había trabajo sólo te hablaban cuando
tenían una zafrita de papas, de viñas… pero no es como hoy”.
Enumera los muchos esfuerzos realizados en su vida, los múltiples
trabajos que tuvo que desempeñar para ir sacando a los suyos adelante,
comenzando la jornada yendo a buscar pin ocha y tronquitos: “… Había
tronquitos así de chiquitos y nosotros los atábamos así y nos trajimos
los saquitos de leña, porque no había ni leña, ni velas había, con las campochinas los cuartos ahumados ¡Ay Dios mío!...” Labor esta, de
recogida de troncos, leña y ciscos (pinocha) para cocinar y calentar las
casas, que realizaban las mujeres del barrio: “… Hambre sí pasé y
trabajo, nos íbamos al monte, nos levantábamos a las dos de la mañana;
esa calle allá afuera, todas, todas nos levantábamos… eso era una fiesta
por allí arriba, todas al monte. Si nos trincaban los guardas nos
quitaban las sogas, yo llevaba una dentro de la bata y otras viejas para
hacer el lazo porque si llegaban los guardas, al momento que me quitaran
la vieja, yo la nueva la tenía aquí dentro.”
Otra de las cosas que destaca de su pasado era la complicidad existente
entre las mujeres de su barrio, a las que les agradecía haberle enseñado
a desenvolverse en la vida y añoraba la solidaridad que practicaban
incluso en los tiempos más duros de la posguerra: “… Sí, teníamos los
vecinos si podíamos un
caldito de papas nos dábamos. Y ella cada vez que
tenía papas me daba un cestito de papas…”.
Esta mujer no dejó nunca de trabajar y de buscar soluciones para sacar a
su familia adelante: “… Aprendí a calar, fíjate yo he batallado más, (…)
Esto no puede ser, endrogada de la venta si tenía una raposa de papas la
tenía que vender ya me quedaba sin comer pa´pagar la venta, le dije a mi
marido: Hoy mismo voy a ir allá abajo, detrás de La Montaña, yo conozco
una mujer que da calado, voy a ir a ver si me da un pañito y lo calo. Y
él: “Ah, tú no vas a ir allá abajo a buscar calado” pues le digo:
Esteban, no tenemos ni para una caja de fósforos, no tenemos nada ¿para
donde vamos? Pues traje dos pañitos en el día, me estaba por la noche
hasta las dos de la madrugada…” Por estos paños cobró diez duros y así
fue aprendiendo a calar, noche tras noche, después de trabajar todo el
día, aprendizaje que años después la llevaría a dar clases de calado a
otras mujeres de la zona norte. “… Pues después empecé a calar los
manteles grandes, me los pagaban a siete duros, ochos duros, me iba
subiendo. Yo, como el afán mío era tener una perra, tener una perra y
tener que comer, porque pasábamos hambre pues empecé así a calar y a
calar. Y guardaba un durito, guardado a ver si lo podía aguarecer, pues
así fuimos, y me fui espabilando…”. Reflexionando sobre tantos
sacrificios Carmen decía en la tristeza de su viudez: “… Bien he
trabajado yo, penas he pasado por ir a trabajar y hoy digo pa´que coño
trabajé yo tanto, pa´que pasé hambre y ahora me quedé sin marido, ¿Esto
es vida? ya hace nueve años que me caí y ni puedo salir al camino.”
Hablando de la Guerra Civil se indigna, para ella fue el resultado de
tanta in justicia social que se vivía en las islas y que acabó con las
reivindicaciones de la clase trabajadora de manera cruel y
desproporcionada: “… después se metió la guerra y esos cabrones ricos
mataban las personas, las mataban. No hacían sino llegar a tu casa
abrirte las puertas y sacarte a tu marido y tus hijos y matarlos…”.
Sobre el levantamiento franquista resalta el miedo con que tuvo que
aprender a vivir: “… hasta que después la guerra, los del gobierno (se
refiere a los mandos franquistas) mataban la gente, no podían salir. Una
vez un tío mío le dijo a mi marido: Esteban, no salgas esta noche porque
todo el que trinquen esta noche lo meten allí. Los metían en una casa
que tenían ahí y los llevaban a trabajar las carreteras…”
Sus testimonios nos acercan a una sociedad intimidada, temerosa,
acallada y ultrajada de manera continua: “… No, pues no me voy a acordar
eso fueron las últimas guerras, ahí íbamos a La Orotava, cuando eso
tenía yo la venta… y en la plaza salía aquella gente con aquellas
músicas y tenía uno que arrodillarse y poner la m ano así (hace el saludo
fascista) ¡Oh! Tenías que hacer lo que te decía el gobierno, tenía que
ser y derechitas porque si te equivocabas, ¡qué va! Hubo quién la pasara
mal. De aquí mataron un muchacho, de aquí de La Punta, un chico nuevo y
él no hizo nada, sino porque dicen que era contrario al gobierno. Como
era contrario ya lo tenían ojeado, lo llevaron a Santa Cruz y lo
tuvieron preso.” De los falangistas cuenta como la mayoría eran unos
arribistas que en muchos casos aprovecharon la ocasión para aumentar su
estatus social sembrando el miedo entre sus convecinos: “… Los falange,
cualquiera era falange, porque ellos se metían para que a ellos no los
tocaran, pero después ellos sí tocaban…”, “… Los falange no eran sino
unos verdugos, mataban a cualquiera…”
El relato de Carmen nos conduce a esas parcelas ocultas de la vida
cotidiana de nuestro archipiélago, a esos pequeños rincones testigos de
las miserias, del hambre, de los grandes esfuerzos, de la resignación de
aquellas mujeres fuertemente sujetas por la sociedad misógina en que
vivían y por la fiereza del régimen franquista que desde el
levantamiento militar les incrustó el miedo y el silencio desde los
atroces acontecimientos que presenciaban en sus barrios, en sus pueblos,
cometidos por rostros conocidos para ellas y ante los que debían callar
y mostrar sumisión. Es pues, por esto tan relevante prestar atención al
relato de estas mujeres, que como Carmen aprendieron a sobrevivir en
nuestros pueblos, sac ando adelante a sus familias, cuando se
desarrollaban los procesos más oscuros de la historia presente de
nuestro Estado. Su historia es una callada lucha contra las trabas
sociales que se iba encontrando, lo que hizo de ella que a sus noventa y
siete años poseyera una visión de la vida sorprendente y una defensa
activa del papel de las mujeres en su entorno, aceptando de buen grado
todos los cambios que la democracia fue dando para construir una
sociedad que ella consideraba más justa y más respetuosa con las
mujeres. |